La caja de Carlota
Para todas las personas que sufren
de demencia o Alzheimer en sus
vidas,
y todos los que les rodean.
Carlota tenía una caja toda llena de tesoros. Lo que esta contenía
solo ella lo sabía. Si acercabas la nariz olía a helado de vainilla, si
escuchabas con atención parecía que las olas del mar allí rompían. Si Carlota
estaba generosa y te la dejaba tocar, era tal la suavidad que la piel de
gallina te ponía.
Por la noche, al acostarse, la guardaba debajo de su almohada
para que nadie, ni en sueños, pudiera de allí robarla.
Antes de ir al colegio la enterraba en el jardín y decía unas
palabras secretas, un conjuro que era así:
“Que la luz de la luna
y los rayos del sol te den luz y calor.
Que la tierra se ponga
blandita para que puedas dormir una siestecita.
Que si alguien se
acerca con mala intención, se pegue un buen tropezón”
Despertó una mañana Carlota con una extraña sensación; entre
miedo y tristeza y a su caja se aferró. Nunca delante de nadie
la abría, por eso esperó a que mamá viniera a darle el beso de buenos días y su
enorme perra Nana le lamiera la cara como todas las mañanas.
Cuando supo que estaba sola se sintió mucho mejor. En su
cuarto quedaba el olor de mamá siempre dulce, el eco del ladrido de Nana y de
la caja abrió la tapa para guardar, como siempre, el olor y el sonido que le
hacían sentirse segura.
Preparó la mochila, se lavó y desayunó. Se puso el abrigo, la
bufanda, los guantes, un beso a mamá y salió. Como cada mañana el mismo ritual:
derecha e izquierda mirar. A los pies de la higuera del abuelo Fernando,
enterró la caja diciendo una vez más las palabras secretas:
“Que la luz de la luna
y los rayos del sol te den luz y calor.
Que la tierra se ponga
blandita para que puedas dormir una siestecita.
Que si alguien se
acerca con mala intención, se pegue un buen tropezón”
Aquella mañana en el cole no se pudo concentrar, le picaba
todo el cuerpo y los pies le dolían como si los zapatos le quedaran pequeños.
Algo extraño también le pasaba en la cara. Aprovechando la hora del recreo, se
miró en el espejo del baño y... ¡Oh, no! Le había crecido la nariz, su camiseta
preferida le quedaba estrecha. Carlota comprendió que se estaba haciendo mayor.
“¡Que miedo!¡Que susto!” pensó. “Yo no quiero hacerme mayor.
Los mayores se olvidan de cosas, tengo que darme prisa, el tiempo se acaba”. Le
quedaban tantas cosas por guardar en la caja...
Caminaba cabizbaja haciendo memoria de lo que tenía en su
caja. El olor de la cabecita de su hermano cuando a casa llegó. Nunca más había
vuelto a encontrar ese olor. Un olor a nuevo, a paz y a juego. El sonido de la
risa del abuelo Fernando, tan contagiosa y sincera, tan enorme y verdadera. La
mirada mágica de papá cuando dice: “ya está, nada malo va a pasar”. La dulzura
de mamá y su olor a caramelo. Un trozo de lana para recordar a Nana. El sonido
de las olas del mar que se cuela cada verano en la casa de la playa de la tía
Ana. El olor a lapicero de mi clase del colegio. Y el olor a tierra mojada del
invierno cuando vamos de visita al pueblo.
Cuando a casa llegaba, mamá la vio por la ventana tan ausente
y preocupada que salió a ver que pasaba.
–
Carlota, cariño, ¿qué pasa?
–
Que me estoy haciendo mayor...
–
Ja, ja, ja, ja – rió mamá.
–
No te rías, no es de risa.
–
Bien, pues explícamelo.
–
Si me hago mayor me olvidaré de ti y de tu olor,
de mi hermano Eduardo y del abuelo Fernando, de papá y de Nana. Del pueblo y de
la playa.
–
Carlota... ¿Por qué?
–
Porque el abuelo se hizo mayor y de mi se olvidó.
De mi olor y de mi risa, y hasta de ti que eres su hija. No sabía donde estaba
ni conocía esta casa. Yo no quiero que me pase. ¡Dile al tiempo que se pare!
Sin decir media palabra más, la caja fue a desenterrar.
Lloraba y pensaba que más le quedaba por guardar. Mamá se acercó por detrás.
–
¿Qué guardas, Carlota, en la caja?
–
Es un secreto. No te importa.
–
Si me lo cuentas quizá yo te pueda ayudar.
Se sentó derrotada. Abrazada a su caja. Miró fijamente a mamá
y le contó su secreto. Con lágrimas en los ojos mamá le explicó: “no todo el
mundo pierde la memoria, Carlota, pero aunque eso pasara, todavía tienes que
llenar muchas cajas. Quizá esa la debes guardar porque en ella no cabe más,
pero otra puedes empezar. Créeme, te queda mucho por guardar”.
Mamá entró en casa y se dirigió al trastero. Buscó una caja y
la forró de fieltro. Metió en ella las lágrimas de ese momento. Metió también
la mirada de Carlota, el balbuceo del bebé y el olor a mantequilla de su piel.
La foto de su boda y todo lo que le había enseñado Carlota, y se prometió a si
misma no dejar de llenar cajas el resto de su vida.
Mientras tanto, Carlota seguía en el jardín, pensando en lo
que mamá le acababa de decir: “entonces no importa hacerse mayor, seguiré
guardando mis recuerdos en otras cajas”. Una voz la llamó:
–
Carlota, ¿te vienes? Vamos al parque.
El tiempo se paró, las orejas se pusieron del color de la
lava de un volcán. Se le aceleró el corazón y el estómago se le encogió.
–
¡¡Un momento!! Ya voy.
Entró en casa corriendo y subió a su habitación, del armario
de los zapatos una caja sacó y, sonriendo y feliz, en ella guardó la sensación
de mariposas en el estómago y el latido de su corazón. En la tapa de la caja
escribió el número 2 y al jardín bajó. Aplastó la tierra que guardaba su caja primera
y le dijo a la higuera: “guárdamela”.
Y con su amigo especial, Carlota se fue al parque a jugar.
Creo que el cuento se resume en la frase: "Créeme, te queda mucho por guardar”.
ResponderEliminarMuy bonito.
Creo que en la mayoría de los hogares y también en los corazones hay muchas cajas de ese tipo, pero no sigo, seguro que ya tengo algo más para guardar.
Un abrazo.