viernes, 18 de septiembre de 2015

Pasito a pasito

Lo de las botas de siete leguas es solo una trampa más de esos escritores que, haciendo uso de una mente maravillosa, creaban elementos mágicos para hacernos creer que las cosas eran como en realidad no son. Ni varitas mágicas, ni habichuelas que te hagan rico ni, por supuesto, botas de siete leguas. 
Todo se construye pasito a pasito. No se construye a la vez que se entierran las cenizas de la última demolición. Igual que no se debe comprar con hambre para no llenar el carro de la compra con montones de calorías vacías. Igual que no se toman decisiones desde el enfado y la frustración. O no salimos a la calle abrazados a la almohada para amortiguar el miedo. 
Construir, hay que construir desde la calma, con el camino libre de las piedras que ya nos hicieron tropezar. Y cogemos aire, llenando los pulmones del aire mágico que rompe las telarañas que tejió el miedo y lo expulsamos con la fuerza del que cree que después todo será mejor. Y nos ponemos las botas, si, pero no las de siete leguas, las de pasito a pasito y buscamos un rincón donde llorar las decepciones, los desengaños, las tristezas, los pudo ser, las nostalgias, las añoranzas y nos perdonamos por todo aquello que no hicimos bien, por lo que ya no tiene remedio. Y nos preguntamos qué podemos hacer para que todo sea mejor, para que el camino no se vuelva a llenar de muros imposibles de saltar, porque ya he dicho que no llevamos las botas de siete leguas. Y observamos el camino que seguro que tiene un claro en el que descansar cuando la fatiga amenace la llegada de fantasmas viejos. Fantasmas que te recuerdan otros tiempos y otros momentos que ya no están, que ya no son, porque ahora el momento es otro y el camino también. Y aunque te de miedo no te apoyes en la mano de los incondicionales, ellos ya están ahí, en la justa distancia que guarda el que te quiere bien y no te dejará caer. Pero las manos amigas no están para salvarte, al súper héroe ya lo llevamos dentro, déjale salir. La mano amiga está para que el camino sea menos duro. No es fácil, no te voy a engañar. Lo que no tiene es remedio, porque las cosas nos pasan y nos pasarán, unas más duras que otras. Pero yo te propongo que pongas en una balanza las alegrías, pero de verdad, sin caer en la trampa de esconderte a ti mismo lo que te hizo feliz, no hace falta que lo grites a los cuatro vientos, tú sabes cuáles son. Y del otro lado las tristezas. Y ahora dime, seguro que encuentras un raro equilibrio, porque yo he descubierto que hasta los finales tristes tuvieron en su principio todas las sonrisas, todos los abrazos, esa sensación de haber encontrado el sentido de la vida encerrado en forma de un corazón que te regaló unas alas con las que empezó un viaje. Cambiamos los caminos y los transportes, viajamos en diferentes corazones y cada uno nos deja en un sitio distinto. Como viajamos en las canciones que ponen la banda sonora a nuestra vida, como cambian las estaciones y como nos cambia el frío, o el calor, o la lluvia. Ningún viaje nos deja en el mismo sitio, ni siempre llevamos el mismo equipaje. Otra cosa: el equipaje lo llevamos solos, no busques a quien comparta el peso, llévate sólo lo que puedas cargar, lo demás seguramente no te hace falta y los demás ya llevan su propio peso.
Piensa qué vas a hacer primero: enterrar los cuentos, quemar los miedos, resucitar los sueños, recuperar la confianza, coger impulso. Todas estas opciones son principios de viajes. Elige una.
Sandra Ortega.


No hay comentarios:

Publicar un comentario