Qué sencillo parece, ¿verdad? Sólo tenemos que mirarnos para vernos. Altos, bajitos, guapos y feos, gordos y flacos, rubios y morenos, mil matices de verdades en ojos de los mismos colores que cambian con la luz que desprende el que te mira. Ahora suspiraría, pero no sé cómo se escribe un suspiro. Quizá debería dedicar una rato a encontrar esa palabra que defina los diferentes tipos de suspiros. De tristeza, de alegría, de angustia, de amor, de nostalgia... Los suspiros que evocan los recuerdos, los buenos y los malos. Pero ver a los demás es un don que sólo parecen tener unos pocos. Porque mirarnos nos miramos pero vernos es otra cosa. Te veo si sé que algo no va bien, si soy capaz de interpretar en tu silencio todo lo que te callas, si soy capaz de callarme para no estorbar a tus pensamientos, que quizá andan ocupados buscando que decir para acertar, o quizá, sólo buscan ese lugar donde guardamos esas cosas que no podemos contar.
Espero que exista otra vida en la que quedemos para decirnos todo lo que dejamos para después. Espero, de verdad deseo, que sepas que te veo, que te siento, que sé si vienes o vas. Que sé cuándo me quieres y para qué. Que sé que a veces llego y a veces, estorbo, y sé que otras me voy cuando me necesitas.
Quien se atreva que lo diga, quien tenga la certeza de que esto no es amor, que lo diga. Quien tenga alguna explicación que me convenza de que este dolor que me provoca tu ausencia no es amor del bueno, del grande, del incondicional, del único, que lo diga.
Quien se atreva que lo diga, quien tenga un argumento que me convenza de que el amor es sólo una emoción intensa pero corta y que por eso dura lo que dura, quien se atreva, que lo diga.
Quien se atreva que lo diga, quien esté ahora mismo en ese punto intermedio entre tirar la toalla y atreverse que se atreva.
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