No sé de fechas, no suelo acordarme de qué día es. Me acuerdo de algunos cumpleaños pero no tiene mérito. Me los he aprendido a base de repetirte felicidades cada año. Algunos días hago un esfuerzo por saber cuánto queda para lo que sea y casi siempre me llevo una sorpresa. Descubro incrédula, por ejemplo, que hemos pasado de Enero a Marzo y que ya es primavera . Miro cincuenta veces la hora pero no me preguntes qué hora es, que no lo sé.
Me da pereza el tiempo si no tengo nada que esperar y si espero me impaciento. Así que no me preguntes cuánto tiempo hace que pasó, o que te conocí, porque me lo voy a inventar. Pero nunca se me olvida lo que sentí, para eso tengo una memoria superdotada. Y yo, como es para mí, me tomo la libertad de llamar a los tiempos como me da la gana. Te llamo verano, o primavera, o invierno o coincidir. Mido los años por otoños o por colores, o por canciones, o por olores. Y tengo una biografía un poco loca. Sé a qué olía el verano en mi pueblo, la casa de mi abuela y mi abuela. El olor de mi madre y el tamaño de sus manos. La cabeza de mis hijos cuando salieron de mi. El olor que me dejaban tus besos y la canción del verano que tuve un primer amor. Sé que hay estrellas en el cielo y que no se pueden contar. Eso lo aprendí en una noche de esas de verano tirados en el suelo y bebiendo minis de cerveza, cuando todavía el tiempo era una cosa de la que hablaban los de veinte que ya eran muy mayores y muy aburridos. No me acuerdo de qué hablábamos, pero sé que me reía y que amaba los días allí. Recuerdo el calor y que quería que nunca se acabara, y recuerdo que cada vez que había que volver pasaba un duelo que duraba un otoño y un invierno. Recuerdo las cartas que nos enviábamos, las conservo. Algunas todavía huelen a la tinta de los bolis de colores que utilizábamos para decirnos cuánto nos queríamos y nos echábamos de menos. Recuerdo que nunca tenía suficiente, que nunca estaba cansada, que siempre había algo que hacer y qué tener amigos era la emoción más increíble que se podía sentir. Y hoy, desde la distancia de unos años que deben ser muchos, tengo la certeza de que fue entonces cuando descubrí que sentirse amada es sentirse libre. Supongo que por eso no he dejado nunca de buscar la misma sensación. Que haga tanto tiempo de todo no tiene muchas ventajas. Crece la objetividad, lo relativo y el sentido común, y desaparece lo improvisado, lo espontáneo, los porque si. Después de ese tiempo de regalo empieza la búsqueda de razones. Razones para amarte o para no, para quedarme o para que te quedes, para escribir o para abandonar, para seguir o para parar. Razones que poco tienen que ver con las razones de entonces. Después, con el paso de la vida, vas descubriendo emociones que superan aquellas, lo sabe cualquiera que ha perdido a alguien. Estos días me he dado cuenta de que perder a alguien es renunciar a que vuelva a amarte. ¡Dios mío! Debe doler tanto. Mi ignorancia y mi torpeza he aprendido a compensarlas con mi habilidad para sentir, para interpretar las emociones y hacer con ellas estas construcciones de palabras que me sirven a la vez para entender y para entenderte. Un día, antes de que nada más hubiera pasado y cuando todavía no sabía que me esperaba una vida más allá de amigos y la búsqueda del amor eterno, llegaste tú, y después él, y ya nada más hubo que hacer durante muchos años aparte de mirar como crecíais y crecer con vosotros. Que no soy una madre al uso lo sabéis y lo sufrís, pero habéis aprendido que en algo yo tenía razón. Que cada uno tenemos tiempos distintos, que no crecemos a la vez, que hay que estar atento, siempre alerta, que hay que llorar las cosas cuando duelen y decir te quiero, si quieres. Que la belleza es algo que se cultiva por dentro y sale para fuera en forma de luz y de talento y no al revés, que pase lo que pase yo soy el camino de vuelta a casa, que siempre lo seré. Que las oportunidades son directamente proporcionales a tu voluntad y a tus ganas. Que hay que saber cuándo retirarse. Que vale más una mirada cómplice en el sofá, seguida de una carcajada de esas que solo tú yo sabemos, que casi ninguna otra cosa en la vida. Que todo llega y, que mientras tanto, hay otras mil cosas que hacer y que aprender. Que no todo el que llega a tu vida es para enseñarte algo pero que los despiertos siempre aprenden algo. Yo sé, que con todo esto de base, lo demás llegará.
Conozco algunos ancianos. Me los ha puesto la vida en mi camino por alguna razón y, por alguna razón, cuando me hablan de sus vidas, siempre hablan de personas. No hablan de trabajo si no les preguntas, ni de cuantas cosas tenían o les faltaban. Hablan de las personas que les acompañaron, de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos, de sus amores. La vida pasa entre las personas que nos acompañan; todo lo demás no se queda con nosotros. Tienen una emoción asociada a cada persona de sus vidas. Nostalgia, tristeza, alegría, miedo. Y una canción que les transporta a un tiempo en el que bailaban con alguien y que les despierta, y un olor que se parece al olor de alguien. Solo echan de menos a personas, lo demás no importa.
Tengo un montón de miedos escondidos entre cosas de valientes. Supongo que como tú.
Quería unas alas, de colores, ya las tengo, ahora no sé cómo se mueven, pero aprenderé. Creí que era más fácil, no te voy a engañar. Pesan si se mojan y, últimamente, llueve cuando menos te lo esperas. Se quedan pegadas a la piel y necesitas que te soplen para secarlas y ayudarlas a funcionar. Hay que mantenerlas limpias de miedos, limpiarlas cada día. Dan trabajo pero lo lograré. De momento son alas de principiante y las llevo con la torpeza de los niños cuando empiezan a caminar. Pierdo el equilibrio y me tambaleo, me choco contra cualquier cosa cuando me confío y, a veces, cuando consigo coger altura y mantenerme, tengo la debilidad de mirar abajo y lo que veo me hace caer. He descubierto que volar te aleja y que para eso hay que estar preparado.
En Noviembre empecé a tejer una manta. Sé que era noviembre porque ese mes es como el catorce de febrero de algunos y, entre mediados y finales, yo suelo estar acurrucada en algún lugar de esos en los que solo hay que abrazarse. Me ha llevado todo el invierno tejerla y ahora que termino resulta que ya es primavera. No sé los millones de puntos que lleva que ya os he dicho más de una vez que no se me dan bien los números. Pero me acuerdo de los nudos que tiene escondidos. Me acuerdo de lo que pesaba y de lo que pensaba mientras la tejía y del relato que esconde la franja de color burdeos que lleva en el medio y que no publicaré. Ahora que está terminada ya no necesito arroparme con ella, tendré que guardarla para el próximo invierno. Espero que no se me olvide que la tengo y me de por hacer otra manta.
En este empeño mío por ponerle nombre a todo lo que me pasa y ordenar los sentimientos por carpetas que después almaceno en las estanterías de la memoria, para que no se me olvide, he descubierto que hay ficheros sin nombre y, al abrirlos, me he dado cuenta de que están tan desordenados como yo. Toca ordenar.
Como estaréis imaginando ya, no voy a ordenar por fechas. Que tampoco son tan importantes y soy capaz de juntar veranos con inviernos y provocar un otoño eterno lejos de esta primavera que tanto me gusta. Yo voy a ordenar por necesario e innecesario. Voy a poner lo innecesario en las carpetas de abajo y las de arriba las voy a clasificar por nombres, colores y olores. Y en esas, vas a poder encontrarte siempre que quieras.
Sandra Ortega
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