viernes, 29 de abril de 2016

Pinpilinpauxa

Cuando la vida te alcance y tú hayas dejado de correr detrás de lo inevitable vas a darte cuenta de que hay mil cosas que han merecido la pena y otras tantas que tampoco eran tan necesarias. Tampoco te obsesiones con eso de que sólo se vive una vez, porque no es del todo cierto, se viven tantas veces como las veces que lo sueñes y las veces que creíste que lo merecías y cada vez que flaqueas, que dudas, restas un día de los días que te quedan para alcanzar esa meta que te espera sólo a ti. Pero dudar, cansarse y flaquear es igual de necesario y de inevitable que todo lo demás. A veces a mí las mismas piedras que me hacen tropezar son en las que me siento a descansar. No sé mucho de lamerme las heridas y menos aún de dejar que me las curen, no me gusta que me veas cuando tropiezo y por eso me escondo o me callo y es mi silencio esa piedra que no deja que llegue al suelo. No voy a negarte que a veces me pregunto si esta vez no será mejor dejarlo estar y solo dejar de pensar, dormir un poco más, comer un poco más, bailar y cantar a voz en grito y así evitar que esta cabecita que se empeña en ir a mil por hora se tome unas vacaciones pero de las de verdad, de esas en las que te pones una pulsera y todo te lo dan hecho. No sé cuántas veces ni cuánto tiempo llevo a la carrera, ni con quién compito. Supongo que soy a la vez la liebre y la tortuga y que yo sola voy cediendo la meta según quién quiero que gane ese día. Soy la liebre cuando solo quiero llegar y la tortuga cuando disfruto del viaje y soy capaz de darme cuenta de que despacio también se llega, y que además el tiempo parece que no pasa tan deprisa. Alguien me ha dicho hace poco que tampoco pasa nada por ser liebre y puede que sea verdad pero es que ahora siento que llevo el miedo pegado a mi espalda y alguien me ha dicho también que el miedo siempre al lado, ni detrás, ni delante, mejor de compañero de viaje para mantenerlo a raya. Cuando la vida te alcance y sientas que escuchas una voz que te susurra que te pares párate, escúchala, que no por pararse un rato la meta va a moverse de su sitio y quizá lleguen otros antes, que lleguen y que nos esperen, que nosotros también llegamos pero más felices y con los bolsillos más llenos. Que de nada sirve llegar si no disfrutamos del viaje, porque la euforia de la victoria dura lo que duran los instantes que no están llenos de otras cosas y ese segundo te deja un vacío muy difícil de llenar con nada más y tendrás que seguir corriendo detrás de la siguiente victoria para poder sentir otra vez eso que de nada sirve. Cuando la vida te alcance siéntate con ella y cuéntale que te has dado cuenta de lo que quería decirte pero que aún así, nunca deje de perseguirte y de pedirte que te pares por si acaso un día te pones en modo liebre.
Cuando la vida te alcance dile que te has dado cuenta que de nada sirven las victorias si no te has encontrado en el camino a nadie que sepa cómo te gusta el café o que haya aprendido a interpretar en tu mirada cuando las cosas no van bien, si no te has parado nunca a dejar que las mariposas se te posen y que además has aprendido que en otros lugares  las llaman pinpilinpauxa, y que a partir de hoy no hay palabra más bella que esa. Que de nada sirve si has pasado más tiempo corriendo que amando porque cuando llegues quizá no te queden ganas de nada más. Si nadie recuerda cómo eran tus manos, o si tu voz no fue la calma en medio de la tormenta, o de que color eran tus ojos.
Que de nada sirve si no has sido capaz de provocar una sonrisa, o de hacer que te recuerden por tu mirada, si no has amado y si no te han amado como a nadie más aunque solo sea una vez.
Cuando la vida te alcance dile que me conociste en algún momento del camino ¿vale? Yo le diré lo mismo.

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