lunes, 8 de mayo de 2017

Im-perfecta


Yo no soy una madre perfecta, de hecho soy bastante imperfecta y eso es lo que llevo  enseñándoles a mis hijos desde hace más de veinte años, que permitirse las imperfecciones nos hace explorar caminos que nos llevan a las

mejores experiencias. Nos han enseñado que primero hay que saber, y mucho, antes de aventurarse en cualquier proyecto, que siempre habrá alguien que sepa más que tú y que si no estás lo suficientemente preparado te tumbarán como a una hoja en el primer día del otoño. Y algunas cosas son verdad, no voy a venir yo ahora a contarte que es mentira todo lo que has aprendido hasta ahora, solo digo que puedes permitirte empezar, primero en modo chapuza inexperto e ir avanzando, aprendiendo y formándote hasta conseguir ese modo excelente que tanto está de moda y que de tan poco sirve. 

Los que nos creímos que esto era una verdad universal, de esas que no se cuestionan, nos hemos encontrado con un montón de años que hemos ido tachando en el cartoncito de bingo que te regala la vida cuando te comprometes a jugar y, ahora, después de los años y de las experiencias, de formarme hasta dolerme los ojos, de los pequeños éxitos y las singulares derrotas, me atrevo a decirte que no puedes pasarte la vida jugando al bingo por si te toca, porque todo lo que quieres no depende nada más que de ti mismo y lo que te separa de lograrlo es ese miedo inculcado a fallar, a perder, a decepcionar a otros y a la maldita sensación de haber perdido un tiempo precioso que de todas formas no hubieras aprovechado porque lo hubieras empleado en lamentarte y en alimentar ese sentimiento de cobardía que de nada sirve y de nada vale.

Enseñar imperfección es raro y a veces frustrante, decirle a tus hijos que no importa, que lo sigan intentando aunque fallen mil veces es doloroso y ellos no siempre entienden; pero entenderán.

Hay dos ingredientes que juegan en mi contra: el miedo y la baja tolerancia a la frustración. Yo de eso sé y mucho. De hecho mucho más de lo que me gustaría. Últimamente he conocido a personas que defienden esto mismo que yo defiendo ahora, ellos desde hace mucho más tiempo, porque cada uno aprende y entiende cuando está preparado para hacerlo y no antes, nunca antes. Intentar las cosas a pesar del miedo, confiar en ti (que no es lo mismo que confiar en que lo lograrás) y trabajar cada día como si ya lo hubieras logrado es una buena fórmula para ganar confianza y coger experiencia.  Esto es más o menos lo de practicar de toda la vida. 

 

Hace pocos días alguien me preguntó: 

-¿Eres escritora?. 

-Lo intento.

-¿Como se intenta ser escritora? Se escribe o no. 

 

Yo intenté justificar mi respuesta dando un montón de argumentos vacíos que no hacían otra cosa que alimentar mi inseguridad. 

 

-¿Escribes cada día? 

-No, todos los días no puedo. Hago otras cosas además de escribir. Trabajar, estudiar y atender a mi familia. 

-Entonces eres una pluriempleada, ¿no? 

-Algo así. 

-¿Por qué crees que no eres una escritora? 

-No sé, porque tengo todavía mucho que aprender, de técnica, de estilo, de construcción de personajes, de mil cosas. 

-¿Y cómo vas a aprender todo eso si no practicas cada día? Mira, eso no va así. Tú escribe cada día, de lo que sea y corrige eso cada día también. Mete en la rutina de tu vida un tiempo y un lugar para hacerlo. Cuando dudes, pregunta. Busca la respuesta donde sea, lee a los que admiras y aprende de ellos y cuando hayas acumulado un millón de palabras y ya no tengas que esforzarte por escribir cada día porque se haya convertido en una forma de vivir volveré a preguntarte si eres escritora, y tú, sin dudarlo, me responderás que si. 

 

Ser algo no tiene nada que ver con ser alguien. Ser algo tiene más que ver con esa creencia casposa y limitante de haber logrado el éxito en tu campo, con el dinero, el reconocimiento que asegure tu puesto y tú permanencia, pero ser alguien es tu identidad, ese quien soy para mí, ese reconocerme en lo que hago, darle mi tiempo y su lugar, respetar mi profesión y a quien la ejerce. Es lo que nadie puede quitarme . 

Todos soñamos con el éxito pero obviamos que viene de la mano del hábito, de la constancia y del trabajo. 

Construir un sueño a través del hábito  es lo que he aprendido y lo que intento dejar de legado a mis hijos. 

Me he acostumbrado a que el miedo y las ganas se peleen en mi tripa sin descanso y a que eso no me pare, no es fácil, pero ahora los utilizo de avisador; si golpean es que es por ahí.

En los últimos meses me ha visitado mucho mi niña, esa que leía a Gloria Fuertes y aprendía de memoria a Machado e incluso se atrevía a imitar a Bécquer. El último día que la vi me cogió de la mano y me dijo: ¿ves como sí que podías?

Otra cosa que he aprendido es a que las cosas siempre son hoy, que mañana significa nunca. Así que si eres de los que está esperando su momento, ya te adelanto que éste no llegará. Porque siempre serás demasiado joven, o demasiado viejo, o será demasiado difícil o demasiado arriesgado, o el precio será demasiado alto o no conocerás todos los caminos y todos los destinos, o no estarás lo suficientemente preparado. 

Hazlo, ya está, cuando tengas resuelto el cuándo y el cómo, aparecerá.

El para qué es otra cosa. Esa pregunta te la harás cada día, sobre todo cuando estés cansado y  la brújula se te vuelva loca haciéndote perder el rumbo. Aún así, hazlo. Sigue haciéndolo.

¿Para qué vale esto? Para todo: para el amor, para los sueños, para la vida, para caminar por ella y que tenga sentido. Esta es mi receta y por supuesto no es perfecta y no a todo el mundo le gustará el sabor ni el resultado. Pero las recetas son para compartirlas y que después cada uno le añada su ingrediente secreto.

Yo no soy una madre perfecta, soy más bien esa madre imperfecta que ha encontrado la manera de combinar todo lo que ama en una misma vida

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario